16 de septiembre de 2011

Capítulo 4 de El anillo de Salomón

Y con esto cancelamos la traducción de esta precuela de Bartimeo. El 6 de octubre lo podréis encontrar en vuestras librerías, pues Montena lo saca ese mismo día. Y como además este libro es especial para nosotros... quizá os traeremos alguna que otra sorpresa relacionada. ¡Disfrutad del comienzo de la segunda parte del libro, y del rey Salomón! Y si queréis saber cómo continua ya sabéis; a la tienda el 6. (Y pronto os traeremos otra traducción que ocupe el lugar de esta).

Traducción: Khardan
Edición: Alexia


Segunda parte

4

El rey Salomón, el Grande de Israel, Alto Mago y Protector de su Gente, se adelantó en su trono y frunció su elegante ceño.
─¿Muerto? ─dijo, y después, con más fuerza, tras una feroz pausa en la que los corazones de cuatrocientas treinta y siete personas se pararon con anticipación, repitió─: ¿Muerto?
Los dos efrits que estaban ante su asiento con la forma de leones de cabellera dorada levantaron sus ojos dorados para mirarle. Los tres genios alados que revoloteaban tras la silla, cargando frutas, vinos y dulces para servir de refrigerio al rey, temblaron tanto que los platos y vasos repiquetearon en sus manos. Entre las vigas del techo, las palomas y las golondrinas salieron de sus nidos y se dispersaron entre los pilares hacia los jardines soleados. Y los cuatrocientos treinta y siete humanos, magos, cortesanos, esposas y pedigüeños, que estaban reunidos en la sala esa mañana, inclinaron sus cabezas y cambiaron el peso de pie, mirando atentamente al suelo.
Rara vez, incluso en materia de guerras o esposas, había levantado el gran rey la voz. Tales ocasiones no auguraban nada bueno.
Al pie de la escalera, el visir de Salomón se inclinó aún más.
─Muerto. Sí, maestro. Pero no hay mal que por bien no venga, le consiguió una antigüedad muy valiosa.
Aún inclinado, indicó con una mano extendida el cojín más cercano a él. En él se situaba una estatuilla serpentina de oro retorcido.
El rey Salomón la observó. La sala estaba silenciosa. Los efrits leonescos parpadeaban hacia la gente con sus ojos dorados, sus garras sedosas ligeramente cruzadas, y sus colas golpeando ocasionalmente las piedras tras ellos. Sobre el trono, el genio se mantenía a la espera, con el único movimiento del vago aleteo de sus alas de águila. En los jardines, las mariposas se movían como motas de luz del sol entre el brillo de los árboles.
Por fin, el rey habló; volvió a sentarse en el trono de cedro.
─Es un objeto hermoso. Con su última acción, el pobre Ezekiel me sirvió bien.
Levantó una mano para señalar al genio que le servía el vino, y como era su mano derecha, una onda de alivio recorrió la sala. Los hechiceros se relajaron; las esposas comenzaron a discutir y uno por uno los suplicantes de una docena de tierras levantaron sus cabezas para observar con temerosa admiración al rey.
De ningún modo era Salomón desfavorecido. Se había librado de padecer la viruela en su juventud, y aunque había llegado a la mediana edad, su piel permanecía suave y cremosa como la de un niño. En los quince años que llevaba en el trono, sin duda, no había cambiado marcadamente, permaneciendo sus ojos y su piel oscuros, su rostro afilado, con pelo oscuro colgando con libertad sobre sus hombros. Su nariz era larga y recta, sus labios llenos, sus ojos delineados con kohl verdinegro según el estilo egipcio. Sobre sus esplendidas túnicas de seda, enviadas como regalo por los sacerdotes-hechiceros de la India, vestía muchos maravillosos tesoros de oro y jade, pendientes de zafiro, collares de marfil nubio, cuentas de ámbar de la lejana Cimmeria. Brazaletes de plata le colgaban de las muñecas, mientras en un tobillo descansaba una fina banda de oro. Incluso sus sandalias de piel, un caro presente del rey de Tiro, estaban tachonadas de oro y piedras semipreciosas. Pero sus largas y delicadas manos estaban desnudas de joyas o decoración, excepto por el meñique de la izquierda, que portaba un anillo.
El rey se mantuvo sentado, esperando mientras el genio servía vino en su cáliz dorado; esperó mientras  añadían con pinchos dorados moras de las ventosas colinas anatolias, y hielo de la cima del Monte Líano. Y la gente le observaba mientras esperaba, regocijándose del glamour de su poder, que radiaba de él como la luz del sol.
El hielo estaba mezclado; el vino, preparado. Con sus alas insonoras el genio retrocedió sobre el trono. Salomón removió el cáliz, pero no bebió. Devolvió su atención a la sala.
─Hechiceros míos ─dijo, dirigiéndose a un círculo de hombres y mujeres al frente de la multitud─, lo habéis hecho todos bien. En una sola noche me habéis traído muchos artefactos fascinantes de todo el mundo.
Con un gesto de su cáliz indicó la fila de diecisiete cojines frente a él, cada uno decorado con su propio pequeño tesoro.
─Todos ellos son sin duda extraordinarios, y arrojarán luz sobre las antiguas culturas que nos precedieron. Los estudiaré con interés. Hiram, ya puedes llevártelos.
El visir, un pequeño hechicero de piel oscura de la distante Kush, rápidamente atrajo toda la atención. Dio una orden. Diecisiete esclavos, humanos, o al menos con forma humana, corrieron y sacaron la serpiente dorada y los otros tesoros de la sala.
Cuando todo estuvo despejado, el visir hinchó su pecho, tomó su vara por el pomo de rubí y golpeó tres veces el suelo.
─¡Atención! ─gritó─. ¡Ahora se procederá al consejo de Salomón! Hay varios temas de gran importancia que traer ante el rey. Como siempre, todos nos beneficiaremos de su inmensa sabiduría. Primero...
Pero Salomón había alzado una mano indolentemente, y era su izquierda, así que el visir se detuvo en ese instante, tragándose sus palabras y boqueando.
─Discúlpame, Hiram ─dijo el rey con voz sedosa─. El primer asunto ya está ante nosotros. Mi hechicero Ezekiel fue asesinado esta mañana. El espíritu que le mató, ¿conocemos su identidad?
El visir se limpió la garganta.
─Maestro, sí la sabemos. Por los desechos del cilindro de Ezekiel, hemos deducido quién es el culpable. Bartimeo de Uruk es su título favorito.
Salomón frunció el ceño.
─¿Se me ha informado respecto a ese nombre?
─Sí, Maestro. Ayer mismo. Se le escuchó cantar una canción de extraordinaria insolencia, que incluía…
─Gracias, ya lo recuerdo.
El rey se masajeó su hermosa barbilla.
─Bartimeo… de Uruk, una ciudad que lleva dos mil años desaparecida. Así que es un demonio extremadamente antiguo. ¿Un marid, supongo?
El visir bajó la cabeza.
─No, Maestro. Creo que no.
─Un efrit, entonces.
El visir bajó aún más la cabeza. Su barbilla casi tocaba el suelo marmóreo.
─Maestro, de hecho se trata de un genio de moderada fuerza y poder. Cuarto nivel, si algunas de las tablas sumerias dicen la verdad.
─¿Cuarto nivel? ─Los largos dedos traquetearon sobre el brazo del trono; desde el dedo pequeño surgió un fogonazo dorado─. ¿Un genio de cuarto nivel ha asesinado a uno de mis magos? Con el debido respeto a la doliente sombra de Ezekiel, esto trae el deshonor a Jerusalén, y, lo que es más importante, a mí. No podemos permitir que tal descaro pase inadvertido. Debe convertirse en un ejemplo. Hiram, haz que el resto de los Diecisiete se acerquen.
Para estar al nivel de la gloria del rey Salomón, sus hechiceros jefe venían de países más allá de las fronteras de Israel. De la distante Nubia y del Ponto, de Asiria y Babilonia, estos hombres y mujeres poderosos habían venido. Cada uno, con unas frases breves, podía invocar demonios del aire, levantar torbellinos y hacer llover la muerte sobre sus temblorosos enemigos. Eran maestros de artes antiguas, y hubieran sido considerados poderosos en sus propias tierras. Pero todos habían escogido viajar a Jerusalén, para servir a aquel que portaba el Anillo.
Con un giro de su bastón, el visir hizo que el círculo se adelantase. Cada mago, por turnos, hizo una profunda reverencia al trono.
Salomón los observó por un momento, y después habló:
─Khaba.
Deliberada, confiadamente, con pasos ligeros como un gato, un hombre se salió del círculo.
─Maestro.
─Tienes una sombría reputación.
─Maestro, así es.
─Tratas a tus esclavos con la apropiada severidad.
─Maestro, me enorgullezco de mi dureza, y hago bien en hacerlo, pues los demonios combinan ferocidad con una infinita astucia, y su naturaleza es vengativa y maligna.
Salomón se mesó la barbilla.
─Sin duda… Khaba, creo que ya tienes empleados varios espíritus recalcitrantes que se han mostrado problemáticos recientemente.
─Maestro, eso es verdad. Todos y cada uno de ellos lamentan sonoramente su antigua audacia.
─¿Aceptarías añadir a este perverso Bartimeo a tu equipo?
Khaba era egipcio, un hombre de irresistible apariencia, alto, ancho de hombros y musculoso en sus extremidades. Su cráneo, como el de todos los sacerdotes-hechiceros de Tebas, había sido afeitado y pulido hasta brillar. Su nariz era aquilina, su frente pesada, sus labios finos, pálidos, tensos como cuerdas de arco. Sus ojos colgaban como suaves lunas negras en la devastación de su rostro, y brillaban perpetuamente, como si estuvieran próximos a las lágrimas. Asintió.
─Maestro, como en todo, sigo tus requerimientos y tu voluntad.
─Muy bien ─Salomón tomó un sorbo de vino─. Asegúrate de que Bartimeo sea puesto de rodillas y aprenda lo que es el respeto. Hiram te llevará los cilindros relevantes y las tabletas cuando se limpie la torre de Ezekiel. Eso es todo.
Khaba hizo una reverencia y volvió a su lugar entre la multitud, su sombra siguiéndole como una capa.
─Con eso solucionado ─dijo Salomón─, podemos encargarnos de otros asuntos. ¿Hiram?
El visir chasqueó los dedos. Un pequeño ratón blanco apareció de la nada en un salto y aterrizó en su mano. Cargaba un pergamino de papiro, que extendió y sostuvo preparado para la inspección. Hiram estudió las listas brevemente.
─Tenemos treinta y dos casos judiciales, Maestro ─dijo─, que tus magos han pasado a tus manos. Los demandantes esperan tu sentencia. Entre los temas a tratar están un asesinato, tres asaltos, un matrimonio con problemas y una disputa vecinal debida a una cabra perdida.
El rostro del rey se mantuvo pétreo.
─Muy bien. ¿Qué más?
─Como siempre, muchos pedigüeños de muy lejos han venido a pedir vuestra ayuda. He elegido a veinte para hacer apelaciones formales hoy.
─Les escucharé. ¿Eso es todo?
─No, Maestro. Nos han llegado noticias de nuestras patrullas de genios en los desiertos sureños. Informan de más ataques de asaltadores. Poblados remotos han ardido y sus habitantes han sido masacrados, y ha habido asaltos en las rutas comerciales también, caravanas atacadas y viajeros robados.
Salomón se removió en su silla.
─¿Quién controla las patrullas sureñas?
Una hechicera habló, una mujer nubia, vestida en una túnica ceñida de color amarillo.
─Yo, Maestro.
─¡Invoca más demonios, Elbesh! ¡Encuentra a estos “asaltadores”! Descubre la verdad: ¿Son simples forajidos, o mercenarios trabajando para reyes extranjeros? Infórmame mañana.
La mujer hizo una mueca.
─Sí, Maestro… solo que…
El rey frunció el ceño.
─¿Solo que qué?
─Maestro, si me disculpa, ya controlo nueve poderosos y desorganizados genios. Esto consume todas mis energías. Para convocar aún más esclavos sería difícil.
─Ya veo ─El rey echó una ojeada impacientemente por el círculo─. Entonces Reuben y Nisroch te ayudarán con este pequeño trabajo. Ahora…
Un hechicero de barba greñuda alzó su mano.
─¡Gran Rey, perdonadme! Yo también estoy muy ocupado en este momento.
El hombre a su lado asintió.
─¡Y yo!
Ahora el visir, Hiram, se atrevió a hablar.
─Maestro, los desiertos son vastos y los recursos que nosotros, tus siervos, podemos utilizar, limitados. ¿No es el momento en que pudieras considerar ayudándonos? Posiblemente, podrías…
Se detuvo.
Los ojos delineados con kohl de Salomón parpadearon lentamente, como un gato.
─Continúa.
Hiram tragó. Ya había hablado demasiado.
─Cuando tal vez, podrías considerar usar... ─Su voz se hizo muy suave─. ¿El Anillo?
La expresión del rey se oscureció. Los nudillos de su mano izquierda empalidecieron agarrando con fuerza el brazo del trono.
─Cuestionas mis órdenes, Hiram ─dijo suavemente Salomón.
─¡Gran Maestro, por favor! ¡No pretendía ofenderos!
─Te atreves a decir cómo debería usar mi poder.
─¡No! ¡Hablé sin pensar!
─¿Puede ser que realmente desees que haga esto?
Su mano izquierda se movió; en el meñique un fogonazo de oro y negra obsidiana captó la luz. Bajo el trono, los efrits-leones enseñaron los dientes e hicieron ruidos de mordiscos en sus gargantas.
─¡No, Maestro! ¡Por favor!
El visir se arrodilló aterrorizado hasta el suelo. Su ratón buscó refugio en sus ropajes.
Por toda la sala los espectadores reunidos murmuraron y se alejaron.
El rey adelantó la mano, giró el Anillo en su dedo. Hubo un ruido sordo, un golpe de aire. La oscuridad cayó sobre la sala, y en el centro de esa oscuridad una Presencia se alzó grande y silenciosa al lado del trono. Cuatrocientas treinta y siete personas se acobardaron y cayeron al suelo sobre sus rostros como si les hubiesen golpeados.
En las sombras del trono, el rostro de Salomón era terrible, contorsionado. Su voz resonó como si proviniese de una caverna en lo más profundo de la tierra.
─Os digo a todos: Cuidado con lo que deseáis.
Volvió a girar el Anillo en su dedo. En un momento la Presencia había desaparecido; la sala se llenó de repentina luz y hubo pájaros cantando en los jardines.
Lentamente, tambaleándose, los hechiceros, cortesanos, esposas y suplicantes se pusieron nuevamente en pie.
El rostro de Salomón estaba en calma de nuevo.
─Mandad a vuestros demonios al desierto ─dijo─. Capturad a los asaltadores como he pedido.
Tomó un sorbo de vino, y miró hacia los jardines donde, como sucedía a menudo, la suave música podía oírse, a pesar de que nunca se viera a los músicos.
─Otra cosa, Hiram ─dijo al final─. Aún no me has dicho nada de Saba. ¿Ha vuelto el mensajero?  ¿Conocemos la respuesta de la reina?
El visir se había alzado y estaba toqueteando un hilo de sangre que provenía de su nariz. Tragó; el día no estaba yendo bien para él.
─Maestro, sí.
─¿Y?
El visir se aclaró la garganta.
─Nuevamente, increíblemente, la reina rechaza vuestra oferta de matrimonio y se niega a ser contada entre vuestras exquisitas consortes.
El visir se detuvo para permitir los esperados suspiros y murmullos entre las esposas reunidas.
─Su explicación, tal cual es, es esta: como la verdadera gobernante de su nación, más que la mera hija de su rey ─Más gritos ahogados sonaron en este momento, así como varios bufidos─, no tiene la posibilidad de dejarlo por una vida de placer, incluso si es para disfrutar de vuestra gloriosa y radiante Jerusalén. Lamenta profundamente su incapacidad de aceptar, y ofrece su eterna amistad, y la de Saba, a vos y a vuestra gente hasta que, y cito ─Comprobó nuevamente el pergamino─: «Las torres de Marib se hundan y el eterno sol se apague». Esencialmente, Maestro, es otro No.
El visir terminó y, sin atreverse a mirar hacia el rey, se ocupó profusamente de enrollar nuevamente el pergamino y guardarlo en sus vestimentas. La multitud se quedó congelada, mirando la silenciosa figura del trono.
Entonces Salomón se rió. Tomó un largo trago de vino.
─Así que eso dice Saba, ¿no es así? Bien, bien. Tendremos que considerar cómo responde Jerusalén.

2 comentarios:

  1. Es chulísimo, hasta lo que llevo me encanta. ¿Me recomendáis leerlo o es mejor seguir el orden normal de la saga? Es decir, esto es la precuela, creo, así que me refiero a leer primero lo que sería la trilogía (vamos, por orden de publicación) o el orden de precuela, primero, segundo y último. ¿Qué me decís? :P

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  2. Eso te lo respondo en la propia reseña de El anillo de Salomón xD

    Y me alegro de que te estés leyendo la traducción. Eso te asegura que responderás correctamente las preguntas (o eso espero) del concurso ^^

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