3 de mayo de 2010

HakuYou - Cap 3 (100-111)

Y seguimos.
Para compensar que esta semana no hay Hacedores, os traigo un nuevo cacho del capítulo tres de Hakushaku to Yousei.

Créditos por la versión inglesa: Kage Dreams
Traducción al español: Alexia
Editor: Khardan 


Lydia se preguntó si aquello era cierto. La conversación se había vuelto tan extraña que tenía problemas para entender lo que le estaba diciendo. Edgar usó su corbata para hacer un vendaje improvisado y se lo envolvió alrededor de la herida. Era evidente que muchas veces antes había practicado con cosas así. No cabía duda de que las heridas habían sido parte de su vida cotidiana.
-Ya que Gotham se había molestado en traer a un villano con vida a Londres, decidió reunir toda la información posible. Ingerir algunas drogas causa tanto dolor que es comparable a una tortura. Yo no era la única cobaya humana. Vi a algunos a los que les había abierto el cráneo, mientras todavía seguían con vida y hurgaba en su interior. No sólo experimentaba con criminales, también usaba a personas inocentes.
Solo de pensarlo, Lydia se puso enferma. No podía siquiera empezar a entender aquel mundo. Un mundo donde reinaban las conspiraciones y la locura. No podía imaginar lo que pudieran sentir o ver las personas que terminaron siendo llevadas a esas profundidades. Así que, lo más probable, es que no pudiera llegar a entender a la persona que tenía delante.
-Más que la existencia de las hadas, lo que es más difícil de creer para mí, es que haya gente con un alma tan retorcida. Ser capaz de comprar y vender a la gente y usarlas como experimentos tan fácilmente… ¿quieres decir que hay personas sin ninguna pizca de bondad en su interior?
Lydia desvió la mirada. Era lo único que podía decir.
-Eres muy afortunada, señorita. Pero la gente es capaz de hacer las cosas más crueles.
Lydia miró sorprendida cuando sintió que el aire se movía a su alrededor. Edgar se detuvo frente a ella, mirándola. Era un joven de unos veinte años pero, literalmente, le habían arrebatado todo lo que tenía. Había perdido su nombre, su rango y su pasado. Y si todo lo que decía era cierto y había conseguido sobrevivir tan solo con su ingenio, entonces tras esa cautivadora sonrisa, se ocultaba una persona aún más peligrosa que nadie pudiera imaginar.
En la mano, tenía el bastón que ocultaba su espada. Lydia se puso tensa.
-Supe de las historias y leyendas del Conde Caballero Azul cuando tan solo era un niño. Conseguí esa moneda de oro en una tienda de antigüedades en Estados Unidos. Tenía la intención de regresar a Inglaterra para investigar sobre ella en su momento, pero cuando llegué a Londres, Gotham me encerró y no pude moverme. Así que dejé que descubriera la moneda, y le conté lo del zafiro estrellado, y que estaba escondido, para que él hiciera su propia investigación. No podía dejar que me matara antes de que Raven y Ermine vinieran a buscarme, así que realmente lo que hice fue ganar tiempo. Gracias a eso, ahora lucho contra él para ver quién encuentra primero el tesoro. Es irremediable.
-Pero eso significa que no eres el descendiente del Conde Caballero Azul, ¿no? Aunque consigas mi ayuda, si no eres el verdadero, será imposible conseguir la espada de los Merrow.
-Aun así, no tengo más remedio que conseguir la espada.
-¿Serías feliz al conseguir un rango falso? ¿No deberías tratar de recuperar tu verdadero nombre?
Edgar se inclinó un poco y se acercó a Lydia.
-Si piensas que las cosas falsas no tienen valor, estás equivocada. ¿Qué tiene de bueno recuperar el nombre de una familia que ha sido calificada como traidora? El joven esclavo y el jefe de la banda están muertos. Y aunque sea falso, necesito un nombre que tenga mucha presencia. Uno con el suficiente poder para que las personas que me llevaron a las profundidades del infierno no me puedan volver a tocar. Si no puedo conseguir el rango de conde, entonces moriré en una fosa. Haré que lo falso parezca real.
Edgar habló suavemente, como si tratara de convencerla. Incluso le entregó su bastón.
-¿Q... qué?
-Seguramente no puedas dormir si un ladrón porta un arma, ¿no? Te lo doy.
Se apartó de Lydia y se recostó nuevamente contra la pared.
Su verdadero yo estaba en una tumba. Si desde entonces se había convertido en la propiedad de otra persona, viviendo una vida falsa, todo era una mentira. Para él, no existía lo verdadero o lo falso sino, simplemente, la diferencia entre imitaciones con valor o sin él.
Lydia no podía saber si lo que había dicho era cierto o no.
Pero, sin ninguna duda, si se pusiera alguna baratija de cristal, él sería capaz de hacerlos pasar por auténticos diamantes. No podía evitar sentirse atrapada por su historia, ni preguntarse qué tenía de malo ser tan ciego como para pensar que un cristal era un diamante. Tenía la extraña sensación de que él podría portar el rango de Conde Caballero Azul mucho mejor que cualquier otra persona. Además, a pesar de todo, al haberle dejado su arma seguía actuando como un caballero. Quizá se debiera por el simple hecho de ganar su simpatía, pero Lydia no quería pensar en él como un villano.
Pero, naturalmente, él seguía siendo cauto. Lo más probable fuera que le dejase su arma para probarla y ver si intentaba escapar. Si lo hiciera, sin lugar a dudas lo pondría en problemas. No solo le sería imposible conseguir la espada del Conde Caballero Azul, sino que incrementaría la probabilidad de ser atrapado por Huskley o por la policía. Podría ser que hubiera pensado que podía manejar a una sola chica aunque la hubiera dado su bastón. Si así era, ¿qué haría él si daba alguna señal de querer escapar? Enseñaría su verdadera naturaleza de criminal. Sería mejor para ella ponerlo a dormir con la pastilla, antes de que tuviera la oportunidad de enseñarle esa parte de sí mismo. Eso es lo que Lydia estuvo pensando mientras se ponía de pie y miraba la olla puesta en el fuego. Recogió algo de agua caliente en la taza rota y, dejando caer la pastilla que le había dado Nico en el agua, añadió hojas de menta, y se la tendió a Edgar.
-Si bien no es lo mismo que un té, por lo menos te ayudará a relajarte.
-Ah, gracias -sonrió con facilidad.
Sin embargo, Lydia sintió algo muy cortante tras aquella sonrisa y sintió un escalofrío que le recorrió toda la espalda, como si la tensión se apoderara de ella. La mano de Edgar tocó la suya cuando cogió la taza y, automáticamente, se apartó de él. De repente, Edgar volvió a agarrarla.
-¿Qué le has echado?
-¿Eh? ¿Q... qué quieres decir?
-Los chicos malos son muy cautelosos con estas cosas. Aunque hayas intentado hacerlo en secreto, te vi añadir algo más que las hojas de menta. Es muy peligroso incitar a los villanos como yo.
-Suéltame.
-Si lo hago, escaparás.
-Claro que lo haré. ¡A pesar de todo eres un ladrón!
Lydia terminó diciendo algo que sólo serviría para incitarlo aún más.
-Realmente no tienes ningún instinto de supervivencia, ¿verdad? Pasó lo mismo cuando te atrapó Huskley, pero no importa cuántas vidas tengas, nunca tendrás suficientes si te dedicas a aislarte para pensar en cómo escapar.
-¿Q... quieres decir que vas a matarme?
-Claro que no. Si lo hiciera, no podría conseguir la espada.
-Aunque me amenaces, ¡no voy a hacer lo que me pidas!
-No lo entiendes, ¿verdad? Existen muchas formas de conseguir que la gente haga lo que yo quiera, mi inocente señorita. No cabe ninguna duda de que no puedes llegar a imaginar una desesperación tan grande que olvides hasta respirar.
De repente, Lydia recordó las palabras de Ermine cuando lo describió como una trágica persona. Y más que miedo, lo que sintió fue un dolor en el corazón al darse cuenta que, por primera vez, Edgar le había mostrado su verdadero yo.
-¿Has perdido de esa forma toda esperanza?
Edgar frunció el ceño de repente.
¿Podría ser que hubiera hablado demasiado y le hubiera hecho enfadar? Tal vez era cierto que no tenía ningún instinto para darse cuenta del peligro en el que se encontraba. Sin embargo, aunque pensara eso, Edgar soltó su mano.
Miró angustiado hacia abajo antes de murmurar:
-Así es. La espada del Conde Caballero Azul es mi única esperanza. ¿Vas a abandonarme, Lydia?
La miró suplicante, como si tratara de impedir que su amante lo dejase. Lydia sintió que llegaba al punto de olvidarse de que ella era poco más que una prisionera.
-Decir ese tipo de cosas...
-Por favor, no te vayas.
-No tiene sentido. Intentas engañarme y hacer que haga lo que quieras, ¿verdad?
-Si insistes en irte, moriré aquí.
-Espera un minuto, ¡¿se supone que eso es una amenaza?!
-Si voy a perder mi única esperanza, lo único que conseguirá seguir viviendo es traerme más dolor.
Lydia se dio cuenta de que él estaba mirando la taza que le había entregado. Edgar bebió su contenido con una mirada atormentada.
-Si es veneno, entonces, cuando dije que moriré aquí, significa que tu corazón podrá relajarse.
-E... Estás de broma. Es solo un somnífero.
-Ya veo. En ese caso, mi destino se determinará cuando me despierte. Si ya no estás aquí cuando lo haga, mi vida acabará entonces… Ahh, no está tan mal. Mi destino está en tus manos. Suenan casi como apasionadas palabras de amor.

[Imagen de la página 107]

-No tiene gracia.
Lydia, paralizada, sólo podía mirar cómo Edgar le dedicaba una estremecedora, pero gentil, sonrisa.
-Buenas noches, mi hada.
Incluso cuando las pronunció, esas insensatas palabras sonaban como si estuviera ligando con ella. Edgar se envolvió con su chaqueta y se tumbó en el suelo, mientras su voz aún permanecía, dulcemente, en los oídos de Lydia. Esta se quedó mirando fijamente a un Edgar indefenso mientras rápidamente le invadía el sueño.
-¡Oh, vamos! Hablando en serio, casi me da un ataque -dijo Nico apareciendo-. Lydia, te tomaste demasiado tiempo en suministrarle la pastilla. Aunque, al menos, terminó tomándosela.
Nico tocó a Edgar con su pata para comprobar que la medicina había hecho efecto.
-Bueno, vámonos, Lydia.


-Ted -así es como aquel hombre llamaba a Edgar. Esa voz que él nunca olvidaría, y que, hasta ahora, lo torturaba en sueños-. Ted, eres perfecto. Todo lo que necesitas hacer es permanecer envuelto en la luz, y mirar despectivamente a las masas. Así, automáticamente, tus seguidores se abalanzarán a tus pies. Te enseñaré. Manipular a la gente es fácil. Serás capaz de hacer que las personas hagan lo que quieras, sin que se den cuenta. Y entonces te convertirás en mí. Pensarás como yo, controlarás a la gente, y llegarás a dominarles.
Como si hacer eso fuera posible para él... aunque lo sería, sino fuera por el hecho de que Edgar había escapado de sus garras. Las cosas no habían salido como aquel hombre quería.
Llevaba una máscara que le cubría la mitad del rostro, ya que estaba lleno de espantosas cicatrices causadas por haber sido herido en la guerra. Se llamaba a sí mismo “el príncipe” y trataba de utilizar a Edgar como si fuera su marioneta.
Como no podía presentarse ante la gente, quería a un títere leal y encantador para que le permitiera moverse, trabajar y hablar en su lugar de la misma forma que él. Al despojar a Edgar de su personalidad y voluntad, el príncipe había intentado hacer de Edgar una persona sin vida, un experimento diabólico que no tenía ninguna posibilidad de salir con éxito.
Sin embargo, algunas veces, Edgar se sentía inseguro. Quizá, seguir luchando y resistirse, es lo que quería que hiciera ese hombre porque para escapar, esconderse y sobrevivir, Edgar había terminado usando los mismos métodos que le había enseñado. Estaba por encima de los demás pero, aún así, se mostraba indulgente para cautivarlos. Y así, por lo general, conseguía lo que quería. Encantar a unos o hacerles sentir inseguridad, ganarse su simpatía o hacerles sentir miedo... todo eso era lo que planeaba. Manipulando las emociones de la gente, cambiaba las cosas a su favor.
Pero Edgar se dio cuenta que a los que había manipulado a su antojo, no eran realmente sus aliados. Era como un maestro con sus esclavos, o un carismático líder con sus seguidores. Solo era una cualidad que tenía desde su nacimiento. Pero no era algo que cualquiera pudiera aprender, ni que fácilmente se pudiera alcanzar. Si quitabas a varias personas que estaban a su lado, sus únicos compañeros de verdad eran Raven y Ermine.
Al no tener otra opción, habría utilizado los métodos más simples para cada situación. Naturalmente, los demás no podían entender el dolor de Edgar y lo que otros habían sufrido. Ellos, simplemente, utilizaban a los demás.
Se suponía que Lydia era una de las personas a las que había utilizado, pero las cosas no habían salido conforme a su plan. Había pensado que sería fácil seducir a una joven de su edad tan inocente aunque, por alguna razón, ella simplemente no creía en él. Y, aprovechando la inesperada aparición del hijo mayor de Gotham, la herida de Edgar podría ganar su simpatía. Por eso le contó sobre su pasado. Lydia pareció vacilar pero, al final, no pudo creerle. Cuando la vio poner la pastilla en la taza, Edgar no tenía ninguna otra opción que no fuera hacerla obedecer por la fuerza.
Y, sin embargo, por alguna razón, no podía evitar hacer cosas que la alejaran de ella.
«¿Has perdido de esa forma toda esperanza?»
Incluso cuando tenía a un detestable criminal delante suya, por alguna razón, ella pensaba en él aunque, dada la situación en la que estaba, lo que debería estar haciendo es pensar en cómo protegerse. Edgar no tenía ni idea de cómo lo veían sus ojos verdes dorados de hada. Lo normal es que pensara que había causado una buena opinión, pues así era como todo el mundo lo veía; como alguien bueno. Se suponía que se comportaba de esa misma manera, pero con Lydia no parecía causar el mismo efecto. Creía que ella había conseguido ver tras la máscara que usaba cuando se comportaba como un villano.
Edgar no podía creer que lo único que podía hacer fuera demostrar sus sentimientos y rogarle para que no se marchase. De todas formas, al pensar en ello, su amenaza de que se iba a morir no era una amenaza en absoluto. Pero ya nada le importaba. No podía evitar sentir que hubiera sido mejor si ella lo hubiera envenenado. Pero solo era un somnífero. Uno que, poco a poco, lo liberaría de su sueño, provocando que despertara.

La luz brillaba a través de sus párpados, haciéndole abrir lentamente los ojos. A través de los huecos del techo y de las paredes, el sol de la mañana brillaba sobre él.

[Sigue leyendo]

2 comentarios:

  1. Ña... me encanta lydia (aunque yo le hubiese envenenado, solo por lo que le está haciendo pasar -.- mira que llevarsela al huer... digo, al campo )-.-

    Y Nico me encanta xDDDDDD

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  2. Jo, ¿pero qué tienes contra el pobre Edgar? Con lo mal que lo ha pasado el pobrecillo... TT___TT

    Que prefiere morir a que Lydia lo abandone ahí ;__;

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