22 de noviembre de 2009

Capítulo 2 de House of Many Ways

Bueno, y aquí tenéis el capítulo dos de House of Many Ways. Antes de nada quisiera aclarar que no hay faltas de ortografía, sino que es que es así (por el Livro) y que Howl escribe tan terriblemente mal que la autora hizo unos juegos de palabras que hemos intentado mantener o modificar o adaptar en español.

Traducido por Khardan
Editado por Alexia





Capítulo 2
En el que Charmain explora la casa.

Charmain se quedó un rato mirando el camino vacío y después cerró la puerta principal con un portazo.
-¿Y ahora qué hago yo? -preguntó a la desierta habitación mohosa.
-Tendrás que limpiar la cocina, querida -dijo la voz cansada y amable del Tío Abuelo William desde el aire vacío-. Siento dejarte tanta ropa para la colada. Por favor, abre mi maletín para las instrucciones más detalladas.
Charmain echó una mirada al maletín. Entonces el Tío Abuelo William había pensado dejárselo.
-En un minuto -le dijo al maletín–. Aún no he desempaquetado lo mío.
Cogió sus dos bolsas y salió por la única puerta que quedaba. Estaba al fondo de la habitación y, una vez Charmain intentó abrirla, primero con la mano que sostenía la bolsa de comida, luego con esa mano y la otra mano ocupada por las dos bolsas, y finalmente con ambas manos y con las dos bolsas en el suelo, descubrió que llevaba a la cocina.
Se quedó mirando un momento. Después, tiró de sus bolsas para que pasasen la puerta mientras esta se cerraba y siguió mirando.
-¡Qué desastre! -dijo.
Debía haber sido una cocina cómoda y espaciosa. Tenía una gran ventana dirigida hacia las montañas, por donde la luz del sol entraba agradablemente. Desgraciadamente, la luz del sol solo servía para iluminar las montañas de platos y copas apiladas en el fregadero, y en la encimera, y en el suelo cercano al fregadero. La luz solar pasaba después, y los asombrados ojos de Charmain la siguieron, para depositar un brillo dorado en dos grandes bolsas de tela llenas de colada que se apoyaban en la pared cercana al fregadero. Estaban tan llenas de ropa sucia que el Tío Abuelo William las había estado utilizando como estante para una pila de cazuelas y una sartén o dos.
Sus ojos viajaron desde allí hasta la mesa que había en mitad de la habitación. Ahí era donde parecía que el Tío Abuelo William guardaba su provisión de unas treinta teteras y un número parecido de botellas de leche, por no hablar de unas cuantas que alguna vez habían contenido salsa. Estaba bastante recogido a su manera, pensó Charmain, solo que muy apilado y no demasiado limpio.
-Supongo que has estado enfermo -dijo Charmain de mal humor al aire.
No hubo contestación en esta ocasión. Con cuidado, se acerco al fregadero donde tenía la impresión de que faltaba algo. Le llevó unos momentos darse cuenta de que no había grifos. Probablemente la casa estaba tan lejos del pueblo que no habían llegado las cañerías hasta allí. Cuando miró por la ventana, pudo ver un pequeño patio con una fuente en medio.
-Así que se supone que tengo que ir allí, sacar agua, traerla y después ¿qué? -preguntó Charmain. Miró al espacio del fuego, vacío y oscuro. Era verano después de todo, así que, naturalmente, no había fuego ni nada que quemar que ella pudiera ver.
-¿Caliento el agua? –se preguntó- Supongo que en una olla sucia y... ahora que lo pienso, ¿cómo voy a lavar los platos? ¿No podré darme un baño nunca? ¿No tiene habitaciones, o algún baño?
Se apresuró hacia la pequeña puerta que había al lado de la chimenea y la abrió de par en par. Todas las puertas del Tío Abuelo William parecían necesitar la fuerza de diez hombres para abrirse, pensó enfadada. Casi podía sentir la fuerza de la magia que las mantenía cerradas. Se descubrió mirando una pequeña despensa. No había nada en los estantes aparte de una pequeña vasija de barro llena de mantequilla, una barra de pan que parecía rancia y una bolsa grande con la misteriosa etiqueta CIBIS CANINICUS que parecía llena de jabón. Y apiladas contra el fondo había otras dos grandes bolsas de colada, tan llenas como las de la cocina.
-Debería gritar -comentó Charmain-. ¿Cómo ha podido la Tía Sempronia hacerme esto a mí? ¿Cómo ha podido dejarla mamá hacerlo?
En este momento de desesperación, Charmain solo podía pensar en hacer lo que hacía siempre que había una crisis: enterrarse en un libro. Llevó sus dos bolsas a la mesa llena y se sentó en una de las dos sillas que había. Allí abrió la bolsa de tela, se colocó las gafas en la nariz y excavó con ganas entre la ropa para sacar los libros que había preparado para que su madre los metiera.
Sus manos no encontraron nada más que suavidad. La única cosa dura acabó siendo una gran barra de jabón que su madre había metido con sus cosas de higiene. Charmain la tiró al otro lado de la habitación, a la chimenea vacía, y buscó con más ganas.
-¡No me lo puedo creer! ¡Debe haberlos metido lo primero, justo al fondo!
Volcó la bolsa y la agitó hasta que salió todo lo que había dentro. Cayeron montones de faldas hermosamente dobladas, vestidos, medias, blusas, dos chaquetas de punto, enaguas con lazos, y suficiente ropa interior para un año. Encima de todo esto acabaron sus zapatillas nuevas de andar por casa. Después de ellas, la bolsa estaba plana y vacía.
Aún así, Charmain volvió a repasar todo el interior de la bolsa antes de echarla a un lado, dejar que sus gafas colgasen de su cadena y preguntarse si debería llorar. La señora Baker de verdad se ha olvidado de empaquetar sus libros.
-Bueno -dijo Charmain, después de un intervalo en el que estuvo parpadeando y tragando -. Supongo que nunca había estado realmente fuera de casa antes. La próxima vez que vaya a cualquier sitio, prepararé yo misma la mochila y la llenaré de libros. Aprovecharé todo lo que pueda ahora.
Aprovechando todo lo que podía, levantó la otra bolsa hasta la mesa y empujó todo lo que había sobre la mesa para hacerle hueco. Esto provocó que cuatro botellas de leche y una tetera se fueran al suelo.
-¡Y no me importa! -dijo Charmain mientras caían. De alguna manera, para su tranquilidad, las botellas de leche estaban vacías y simplemente rebotaron en el suelo, y la tetera tampoco se rompió. Simplemente se quedó tumbada de lado en el suelo dejando salir un hilo de té hacia el suelo.
-Probablemente sea la parte buena de la magia -dijo Charmain, mientras sacaba desanimada los pastelillos de carne que estaban en la parte superior. Colocó sus faldas en un paquete entre sus rodillas, puso sus codos en la mesa y dio un enorme, reconfortante y sabroso bocado al pastelillo.
Algo frío y húmedo le toco la parte desnuda de su pierna derecha. Charmain se congeló, no se atrevía siquiera a masticar.
«¡Esta cocina está llena de grandes gusanos mágicos!»
La cosa fría le tocó otra parte de la pierna. Con el roce surgió también un quejido muy pequeño, casi un susurro.
Muy lentamente, Charmain dejó a un lado las faldas y el mantel y miró hacia abajo. Bajo la mesa había un perro blanco extremadamente pequeño y desaliñado sentado, mirándola lastimoso y temblando por todos lados. Cuando vio que Charmain lo miraba, levantó sus desiguales orejas blancas, que parecían deshilachadas y arrastró la corta y rala cola por el suelo. Después susurró un quejido de nuevo.
-¿Quién eres ? Nadie me dijo nada de un perro.
La voz del Tío Abuelo William surgió de la nada otra vez.
-Este es Waif. Sé muy amable con él. Vino a mí como un vagabundo y a veces parece asustarse por todo.
Charmain nunca había estado muy segura acerca de lo que pensaba de los perros. Su madre decía que eran sucios y que mordían y que nunca habría uno en su casa, así que Charmain siempre había estado muy nerviosa cuando se encontraba con cualquier perro. Pero este perro era tan pequeño... Parecía extremadamente blanco y limpio. Y parecía estar más asustado de Charmain de lo que ella lo estaba de él. Seguía temblándole todo el cuerpo.
-Oh, deja de temblar. No te voy a hacer daño.
Waif siguió temblando y mirándola lastimosamente.
Charmain suspiró. Partió un trozo grande de su pastel y lo sostuvo hacia Waif.
-Aquí tienes. Esto es por no ser una babosa después de todo.
La brillante nariz negra de Waif se lanzó como una flecha hacia el trozo.
La miró de nuevo desde abajo, para asegurarse de que lo decía en serio, y después, muy gentil y educadamente, tomó el trozo en su boca y se lo comió. Entonces miró a Charmain esperando más. Partió otro trozo. Y después otro. Al final, compartieron el pastel mitad y mitad.
-Eso es todo -dijo Charmain, sacudiéndose migajas de su falda-. Tenemos que hacer que esta bolsa dure, ya que parece que no hay más comida en toda la casa. Ahora muéstrame qué hay que hacer, Waif.
Waif rápidamente trotó en dirección a lo que parecía ser la puerta trasera, donde se quedó agitando la cola rala y susurrando un suave quejido. Charmain abrió la puerta, que era tan difícil de abrir como las otras dos, y siguió a Waif al patio trasero, creyendo que esto significaba que tocaba sacar agua de la fuente. Pero Waif pasó por el lado de la fuente y llegó al manzano, que parecía raído, donde levantó su patita y meó en el árbol.
-Ya veo -dijo Charmain–. Eso es lo que se supone que tienes que hacer tú, no yo. Y no parece que le estés haciendo ningún favor al árbol, Waif.
Waif le echó una mirada y empezó a trotar por el patio, olisqueando algunas cosas, levantando la patita contra algunos trozos de césped. Charmain pudo ver que se sentía bastante seguro en este patio. Ahora que lo pensaba, ella también. Había una cálida y aseguradora sensación, como si el Tío Abuelo William hubiese puesto protecciones mágicas en él. Se acercó a la fuente y miró por encima de la valla hacia las abruptas montañas. Soplaba una suave brisa que venía de lo alto, traía un olor a nieve y a flores nuevas, que de alguna manera le recordó a Charmain a los elfos. Se preguntó si se habrían llevado al Tío Abuelo William allí arriba.
«Será mejor que le traigan de vuelta pronto. ¡Me volveré loca si paso más de un día aquí!»
Había una pequeña cabaña en la esquina, pegada a la casa. Charmain se acercó para investigarla, murmurando:
-Palas, supongo, macetas y cosas de esas.
Pero cuando consiguió abrir su rígida puerta, se encontró con un vasto tanque de cobre y un escurridor y un lugar donde encender un fuego debajo del tanque. Lo observó todo, como se observan las raras muestras de un museo, durante un rato, hasta que recordó que había un cobertizo igual en el patio de su casa. Era un lugar tan misterioso como este para ella, dado que siempre había tenido prohibido entrar en él, pero sí sabía que, una vez a la semana, una lavandera con las manos rojas y la cara morada venía y hacía mucho vapor en ese cobertizo, de donde, de alguna manera, salían ropas limpias.
«Ah. Una lavandería. Creo que hay que poner las bolsas de la colada en el tanque y hacerlas hervir. ¿Pero cómo? Estoy empezando a pensar que he vivido una vida demasiado protegida.»
-Y era una buena cosa, sin duda -dijo en voz alta, pensando en las manos rojas y la cara morada de la lavandera.
«Pero eso no me ayudará a limpiar platos. Y el bañarse. ¿Se supone que debo cocerme en ese tanque? ¿Y dónde debo dormir, por el amor de Dios?»
Dejando la puerta abierta para Waif, volvió dentro, donde pasó por delante del fregadero, las bolsas de colada, la mesa llena y la montaña que formaban sus cosas en el suelo, y abrió la puerta de la pared más alejada. Detrás seguía estando el saloncito húmedo.
-¡Esto no tiene sentido! ¿Dónde están los cuartos? ¿Dónde está el baño?
La cansada voz del Tío Abuelo William volvió a salir de la nada.
-Para ir a las habitaciones y a los cuartos de baño, gira a la izquierda nada más abrir la puerta de la cocina, querida. Por favor, perdona todo el desorden que te encontrarás.
Charmain miró de nuevo hacia la puerta abierta de la cocina, y vio la cocina que se encontraba allí.
-¿Ah, sí? Bueno, vamos a ver.
Entró cuidadosamente de espaldas en la cocina y cerró la puerta. Después la volvió a abrir de par en par, con lo que estaba empezando a considerar el esfuerzo habitual, y se giró bruscamente hacia la izquierda dentro del marco de la puerta antes de tener la oportunidad de considerarlo imposible.
Se encontraba en un pasillo con una ventana en el lejano final. La brisa que entraba por la ventana tenía un fuerte olor de montaña, nieve y flores. Charmain se sorprendió al tener una visión de una suave colina verde y un horizonte azul, mientras estaba ocupada girando la manija y apoyando la rodilla para abrir la puerta más cercana.
Esta puerta se abrió bastante más fácilmente, como si fuera muy usada. Charmain se tambaleó hacia delante mientras chocaba con un olor que le hizo olvidar instantáneamente el que venía de la ventana. Alzó la nariz, olfateando encantada. Era la deliciosamente mohosa fragancia de los libros antiguos. Vio por toda la habitación cientos de ellos. Los libros estaban colocados en estanterías en las cuatro paredes, amontonados en el suelo y apilado en el escritorio, libros antiguos con tapas de cuero en su mayoría, aunque también había algunos del suelo con cubiertas coloridas y más recientes. Este era obviamente el estudio del Tío Abuelo William.
-¡Ooooh! -se asombró Charmain.
Ignorando que la vista desde la ventana fuera de las hortensias del patio, se sumergió en la pila de libros del escritorio para observarlos más detenidamente. Eran libros grandes, gordos y aromáticos, y algunos de ellos tenían cierres metálicos como si fuera peligroso que se abrieran. Charmain ya tenía el más cercano en sus manos cuando se fijó en una raída nota que sobresalía del escritorio, escrita con una caligrafía temblorosa.
-Querida Charmain -leyó, y se sentó en la silla acolchada para leer el resto.

Querida Charmain,
Muchas gracias por aceptar cuidar de mi casa mientras no estoy. Los elfos dicen que debería estar fuera durante dos semanas («¡Gracias a Dios!») O puede que un mes si hay complicaciones («Oh») De verdad debes perdonarme cualquier desorden que puedas encontrar. Llevo enfermo un tiempo ya. Pero estoy seguro de que eres una joven dama llena de recursos y encontrarás tu lugar aquí bastante pronto. En caso de que exista cualquier dificultad, he dejado instrucciones habladas donde parecía necesario. Todo lo que necesitas es preguntar en voz alta y se te responderá. Para los asuntos más complicados encontrarás explicaciones en el maletín. Sé amable con Waif, que no lleva el tiempo suficiente conmigo como para sentirse seguro, y siéntete libre de leer cualquier libro de este estudio, menos aquellos que están ahora mismo en el escritorio, de los que la mayoría son demasiado poderosos y avanzados para ti («¡Buh! ¡Cómo si eso me importara!») Mientras tanto, espero que tengas una feliz estancia aquí y que sea capaz de agradecértelo en persona dentro de poco.
Afectuosamente, tu Tataratío por matrimonio
William Norland


-Supongo que es cierto que es por matrimonio -dijo en voz alta Charmain–. Debe ser realmente el tío abuelo de la Tía Sempronia, y ella se casó con el Tío Ned, que es el tío de papá, aunque ahora está muerto. Qué pena. Estaba empezando a desear haber heredado algo de su magia -Y dijo educadamente al aire –Muchas gracias, Tío Abuelo William.
No hubo respuesta.
«Bueno, así no será. Eso no era una pregunta.»
Y se puso a explorar los libros del escritorio.
El libro gordo que tenía en sus manos se titulaba El Libro del Vacío y la Nada. No fue demasiado sorprendente que cuando lo abrió, las páginas estaban en blanco. Pero podía sentir bajo sus dedos como cada página ronroneaba y se retorcía de magia oculta. Lo dejó bastante rápido y cogió uno llamado La Guía de Wall a la Astromancia en su lugar. Este fue ligeramente decepcionante, ya que contenía más que nada diagramas de líneas de puntos negros con algunos recuadros de puntos rojos que salían de los puntos negros en diversos esquemas, pero casi nada para leer. Aún así, Charmain pasó más tiempo mirándolo de lo que esperaba. Los diagramas debían ser hipnóticos de algún modo. Pero un rato después, como si se lo tuviese que arrancar de las manos, lo dejó y eligió otro llamado Brujería seminal avanzada, que no era de su estilo para nada. Estaba impreso de largos párrafos con poca separación que parecían empezar todos con “si extrapolamos los descubrimientos de mi anterior trabajo, nos encontramos preparados para acercarnos a la extensión de la fenomenología paratípica...”
«No. No creo que estemos preparados.»
Dejó ese también y cogió el pesado y cuadrado libro que se encontraba en la esquina del escritorio. Se llamaba Das Zauberbuch y estaba en un idioma extranjero. Probablemente el que hablan en Ingary, decidió Charmain. Pero, lo que era más interesante, este libro había estado actuando como pisapapeles para un montón de cartas que tenía debajo, provenientes del mundo entero. Charmain pasó un largo rato fisgando las cartas e impresionándose cada vez más del Tío Abuelo William. Casi todas las cartas eran de magos que querían consultar con el Tío Abuelo William los aspectos más delicados de la magia, claramente, creían que él era un gran experto, o para felicitarle por su último descubrimiento mágico. Todos y cada uno de ellos tenían la más terrible de las caligrafías. Charmain tuvo un escalofrío y frunció el ceño mientras sostenía ante sí el peor de todos ellos hacia la luz.

Querido Mago Norland («decía, hasta donde podía entenderlo»):
Tu libro,
Crucual Cancrips, ha sido de gran ayuda en mi trabajo dimensional («¿o es demencial?»), pero me gustaría llevar a tu atención un pequeño descubrimiento mío concerniente a tu sección del Oído de Murdoch («¿Brazo de Merlín? ¿Ley de Murphy? Me rindo»). Cuando pase de nuevo por Norland, ¿tal vez podríamos hablar?
Tuyo acaloradamente («¿alérgicamente? ¿admiradamente? ¿antífona? ¡Dios! ¡Qué letra!»)
Mago Howl Pendragon.


-¡Dios mío, Dios mío! ¡Debe escribir con un atizador! -dijo en voz alta Charmain cogiendo la siguiente carta.
Esta era del mismísimo Rey y la letra, aunque titubeante y a la antigua, era mucho más fácil de leer.

Querido Wm (empezó a leer con creciente angustia y sorpresa):
Ya vamos por más de la mitad del camino para terminar Nuestro Gran Proyecto y no hemos conseguido nada. Confiamos en ti. Es Nuestro devota Esperanza que los Elfos que Nos mandamos consigan devolverte la Salud y que Nos volvamos a contar prontamente con el Inestimable Beneficio de vuestro Consejo y Ánimo. Nuestros Mejores Deseos están con vos.
Suyo, con Sincera Esperanza,
Adolphus Rex High Norland.


¡Así que el Rey envío esos elfos!
-Bueno, bueno –murmuró Charmain hojeando el montón final de cartas. Estas estaban escritas en lo que debía ser la mejor caligrafía de la persona. Parecían decir lo mismo de diferentes formas: “Por favor, Mago High Norland, desearía ser su aprendiz. ¿Me podría aceptar?”. Algunos incluso llegaban a ofrecerle dinero. Uno decía que podía darle un anillo de diamantes mágico, y otro, que parecía ser una chica, decía patéticamente: “Yo no soy muy hermosa, pero mi hermana lo es, y dice que se casaría con usted si aceptase enseñarme”.
Charmain se estremeció y pasó rápidamente el resto del montón. Le recordaban muchísimo a su propia carta al Rey. «E igual de inútiles». Era obvio que este era el tipo de cartas a las que un mago famoso contestaría instantáneamente “No”. Las amontonó debajo de Das Zauberbuch y miró los otros libros que había sobre el escritorio. Había una fila completa de libros altos y gordos al fondo del escritorio, todos marcados como Res Magica, que pensó que miraría más adelante. Cogió dos libros más al azar. El primero era El Camino de la Señora Pentstemmon: Señales hacia la verdad y le sonó a moralina vacía. El otro, cuando consiguió abrir con el pulgar el broche metálico y abrirlo por la primera página, se llamaba El Livro de Palimpsest. Según Charmain fue pasando las páginas, descubrió que cada página contenía un nuevo hechizo, un hechizo claro, con un título diciendo lo que hacía y, bajo eso, una lista de ingredientes, seguido por un esquema numerado de las acciones que tenías que realizar.
-¡Esto está mucho mejor! -dijo Charmain, aposentándose para leer.
Mucho tiempo después, mientras estaba decidiendo cuál era más útil, “Un Hechizo para distinguir amigo de enemigo” o “Un hechizo para agrandar la mente” o tal vez “Un Hechizo para Volar”, Charmain descubrió de repente que tenía la súbita necesidad de un cuarto de baño. Esto solía sucederle cuando se veía absorbida por la lectura. Se levantó, apretando las rodillas, y se dio cuenta de que aún no había descubierto ningún cuarto de baño.
-Oh. ¿Cómo llego a un cuarto de baño desde aquí? -gritó.
Tranquilamente, la voz cansada y amable del Tío Abuelo William le respondió de la nada inmediatamente.
-Gira a la izquierda en el pasillo, querida, y el cuarto de baño es la primera puerta a la derecha.
-¡Gracias! -jadeó Charmain, y corrió.

[Leer el capítulo 3]

1 comentario:

  1. hola, me alegra que estes traduciendo el tercer libro de esta gran historia. He de decir que me llama mas la atencion esta que la del castillo del cielo. Espero pronto actualices porque estoy ansiosa por leer.

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