29 de abril de 2009

El Castillo en el Aire 1

Y... vamos a hacer uso del blog con la traducción de este libro xD
Traducción: Khardan
Edición: Alexia

Capítulo 1 de la segunda parte de Howl's moving Castle, también conocida como El Castillo Ambulante (Viajero) de Diana Wynne Jones.


1
En el que Abdullah compra una alfombra.

Lejos, en el sur de la tierra de Ingary, en el Sultanato de Rashpunt, un joven mercader de alfombras llamado Abdullah vivía en la ciudad de Zanzib. Comparado con otros mercaderes, no era rico. Había decepcionado a su padre y, cuando murió, solo dejó a Abdullah el dinero suficiente para comprar y mantener un puesto modesto en la esquina noroeste del Bazaar. El resto del dinero de su padre, y el gran emporio alfombril en el centro del Bazaar, había ido a parar a familiares de la primera esposa de su padre.

Nadie dijo nunca a Abdullah cómo había decepcionado a su padre. Una profecía que se hizo en el momento de su nacimiento tuvo algo que ver, pero nunca se molestó en saber nada más. En cambio, desde su más tierna infancia, simplemente fantaseó con el motivo. En sus fantasías, él era en realidad el hijo, perdido hace mucho tiempo, de un gran príncipe, lo que significaba, por supuesto, que su padre no era su padre. Era construir castillos en el aire, y Abdullah lo sabía. Todo el mundo le decía que había heredado los rasgos de su padre. Cuando se miraba en el espejo, veía a un hombre joven decididamente atractivo, de una delgada y aguileña manera, y sabía que era prácticamente el retrato de su padre de joven. Eso, sin tener en cuenta el abundante bigote que su padre lucía, mientras que él aún contaba los pelos en su labio superior con los dedos de la mano, aunque esperaba que se multiplicaran pronto.

Desafortunadamente, como todos decían también, Abdullah había heredado su carácter de su madre (la segunda esposa de su padre) que había sido una mujer soñadora y timorata, y una gran decepción para todos. Lo cual no molestaba particularmente a Abdullah. La vida de un vendedor de alfombras tiene pocas posibilidades para demostrar su valentía, y él estaba, al final, bastante contento con ello. El puesto que había comprado, aunque pequeño, resultó estar bastante bien situado. No estaba lejos del Barrio oeste, donde vivía la gente rica en sus grandes casas rodeadas de bellos jardines. Aún mejor, era la primera parte del Bazaar que los tejedores de alfombras visitaban cuando venían a Zanzib desde el desierto del norte. Tanto la gente rica como los tejedores de alfombras buscaban normalmente las tiendas del centro del Bazaar, ya que eran más grandes, pero sorprendentemente, un gran número de ellos estaban dispuestos a pararse en el puesto de un joven mercader de alfombras cuando este se situaba en su camino y les ofrecía gangas y descuentos con la más profusa cordialidad.

De esta manera, muchas veces conseguía comprar alfombras de la máxima calidad antes de que nadie las viera, y de venderlas también con un buen beneficio. Entre las compras y las ventas, podía sentarse en su puesto y continuar con sus fantasías, lo que le venía bien. De hecho, casi el único problema de su vida vino de los familiares de la primera esposa de su padre, que continuaban visitándole una vez al mes para señalar sus fallos.

-¡Pero no ahorras nada de tus beneficios! -gritó el hijo del hermano de la primera esposa del padre de Abdullah, Hakim (a quién Abdullah detestaba), un día señalado.

Abdullah explicó que cuando conseguía beneficios, su costumbre era usar ese dinero para comprar una alfombra mejor. De esa manera, aunque todo su dinero estaba invertido en sus alfombras, conseguía cada vez unas mejores. Tenía suficiente para mantenerse y tal y como dijo a los familiares de su padre, no necesitaba más, ya que no estaba casado.

-¡Bueno, deberías estarlo! -gritó la hermana de la esposa de su padre (a quien Abdullah detestaba aún más que a Hakim)-. No dejo de decirlo, y lo volveré a decir: ¡un joven como tú debería tener al menos dos esposas ya! -Y no contenta con simplemente decirlo, Fátima manifestó que esta vez ella iba a buscarle algunas esposas. Una oferta que hizo que Abdullah se estremeciera.

-Y cuando más valiosa se vuelve tu mercancía, más probable es que te la roben. O incluso más perderás si tu puesto se incendia. ¿Has pensado en eso? -rezongó el hijo del tío de la primera esposa de su padre, Assif (un hombre a quien Abdullah detestaba aún más que a los dos anteriores juntos).

Aseguró a Assif que siempre dormía en el puesto y era muy cuidadoso con las lámparas. Ante eso, los tres negaron con la cabeza, chasquearon la lengua y se alejaron. Eso normalmente significaba que le dejarían en paz durante otro mes. Abdullah suspiró con alivio y volvió a sus fantasías.

La fantasía era tremendamente detallada para entonces. En ella, Abdullah era el hijo de un poderoso príncipe que vivía tan lejos hacia el este que su país era desconocido en Zanzib. Pero Abdullah había sido secuestrado a los dos años por un malvado bandido llamado Kabul Aqba. Kabul Aqba tenía una nariz ganchuda como el pico de un buitre y llevaba un anillo de oro perforándosela. Llevaba una pistola con una culata de plata con al que amenazó a Abdullah, y había una hematíe en su turbante que parecía darle un poder sobrehumano. Abdullah estaba tan asustado que huyó hacia el desierto, donde fue encontrado por el hombre que ahora llamaba padre. En su fantasía, no importaba el hecho de que su padre no se hubiera aventurado en el desierto en su vida, desde luego. De vez en cuando decía que cualquiera que se aventurase más allá de las murallas de Zanzib debía estar loco. Aún así, Abdullah podía imaginarse cada paso infernal del seco, sediento y agotador viaje que había hecho antes de que el buen mercader de alfombras le encontrase. De la misma forma, podía imaginarse con todo detalle el palacio del que le habían secuestrado, cuyo suelo era porfirio verde, el ala de las mujeres, sus cocinas, todo de la máxima riqueza. Había siete cúpulas en su techo, cada una de ellas cubierta de oro batido.

Más tarde, sin embargo, la fantasía se había concentrado en la princesa a la que Abdullah había estado prometido desde su nacimiento. Era de buena cuna, como él mismo, y en su ausencia se había convertido en una gran belleza de rasgos perfectos y grandes y misteriosos ojos oscuros. Vivía en un palacio tan rico como suyo propio. Llegabas a él a través de una avenida a cuyos lados se alineaban estatuas angelicales, y entrabas a través de siete patios de mármol, cada uno con una fuente en el medio más hermosa que la anterior, comenzando con una hecha de crisolita y terminando con una de platino ornada con esmeraldas.

Pero ese día, Abdullah descubrió que no estaba nada satisfecho con esa situación. Tenía la misma sensación que a veces tenía tras la visita de los familiares de la primera esposa de su padre. Se le ocurrió que un buen palacio tenía que tener magníficos jardines. A Abdullah le encantaban los jardines, aunque sabía muy poco de ellos. La mayor parte de su experiencia provenía de los parques públicos de Zanzib, donde el césped estaba algo pisoteado y las flores eran pocas. Allí era donde, algunas veces, gastaba su descanso para comer cuando podía permitirse pagar al tuerto Jamal para que vigilase su puesto. Jamal tenía su tenderete de comida frita en la puerta de al lado y, por una moneda o así, ataría a su perro en frente del puesto de Abdullah. Este se daba cuenta de que esto no le calificaba para inventarse un jardín apropiado, pero dado que cualquier cosa era mejor que el pensamiento de dos esposas elegidas para él por Fátima, se perdía entretejiendo frondosos árboles y aromáticos paseos en los jardines de su princesa.

O casi. Antes de que Abdullah hubiese apenas empezado, le interrumpió un alto y sucio hombre con una deslucida alfombra en sus brazos.

-¿Compras alfombras para venderlas, hijo de un gran linaje? –preguntó este extraño, con una breve reverencia.

Para quien intenta vender una alfombra en Zanzib, donde los compradores y los vendedores siempre se hablaban en la manera más formal y florida posible, los modales de este hombre resultaban asombrosamente abruptos. Abdullah estaba molesto en cualquier caso porque su jardín soñado se deshacía por esta interrupción de la vida real. Respondió cortésmente.

-Así es, oh, rey del desierto. ¿Deseas comerciar con este miserable mercader?

-No intercambiar, oh, maestro de una pila de felpudos -le corrigió el extranjero.

¡Felpudos! Pensó Abdullah. Eso era un insulto. Una de las alfombras mostradas en su puesto era una rara alfombra floral con copetes, otra de Ingary, u Ochistan, como se llamaba a esa tierra en Zanzib, y había al menos dos dentro, de Inhico y Farqtan, que el Sultán no habría desdeñado para adornar una de las habitaciones más pequeñas de su palacio. Pero, por supuesto, Abdullah no podía decir eso. Los modales de Zanzib no te permitían alabarte a ti mismo. En vez de eso, hizo una fría reverencia superficial.

-Es posible que mi insulso y escuálido establecimiento pueda proveerte de aquello que buscas, oh, perla de los nómadas -dijo, y lanzó una mirada crítica a la sucia túnica del desierto, el corroído arete de la nariz del hombre y los harapos que llevaba en su cabeza al decirlo.

-Es peor que escuálido, poderoso vendedor de coberturas de suelo -aprobó el extraño. Agitó una punta de su deslucida alfombra hacia Jamal, que estaba friendo calamares en ese momento entre nubes de humo azul, con olor a pescado-. ¿Acaso no da la honorable actividad de su vecino, aunque sea el penetrante aroma del pulpo?

Abdullah estaba tan lleno de rabia que se vio forzado a frotar sus manos como los esclavos para esconderlo. Se suponía que la gente no mencionaba esa clase de cosas. Y un ligero olor a calamar podrá incluso mejorar esa cosa que el extraño quería vender, pensó, echando un vistazo al soso y deshilachado tapete que tenía el hombre entre manos.

-Tu humilde servidor tiene cuidado en fumigar el interior de su puesto con perfumes de lavanda, oh, príncipe de la sabiduría. ¿Tal vez la heroica sensibilidad de la nariz del príncipe permitirá aún así mostrar a este pobre mercader su mercancía?

-Por supuesto, lo hace, oh, nenúfar entre caballas -replicó el extraño-. ¿Por qué si no estaría aquí?

Abdullah abrió las cortinas con reluctancia e introdujo al hombre en su puesto. Allí, encendió la lámpara que colgaba del palo central pero, tras olfatear, decidió que no iba a malgastar incienso en esta persona. El interior olía suficientemente fuerte debido a los perfumes del día anterior.

-¿Qué magnificencia vais a desenrollar ante mis indignos ojos? -preguntó dudando.

-¡Esta, comprador de gangas! -dijo el hombre y, con un diestro movimiento de su brazo, desenrolló la alfombra en atravesando el suelo.

Abdullah también podía hacer eso. Un mercader de alfombras aprendía esa clase cosas. No estaba impresionado. Metió las manos en los puños de sus mangas en una actitud primordialmente servil e inspeccionó la mercancía. La alfombra no era grande. Desenrollada, estaba aún más deslucida de lo que había pensado, aunque el diseño era inusual, o lo habría sido si la mayor parte de él no hubiera estado desgastado por completo. Lo que quedaba estaba sucio, y sus bordes estaban deshilachados.

-Desgraciadamente, este pobre vendedor solo puede permitirse tres monedas de cobre para esta el más ornamental de los trapos –observó-. Es el límite de mi delgado monedero. Son tiempos difíciles, oh, capitán de muchos camellos. ¿Es el precio aceptable de algún modo?

-Me llevaré QUINIENTAS -dijo el extraño.

-¿Perdón? -dijo Abdullah.

-Monedas de ORO -añadió el extraño.

-¿El rey de todos los bandidos del desierto está seguramente divirtiéndose con la broma? -dijo Abdullah- O tal vez, al ver que le falta a mi pequeño puesto todo menos el olor del calamar frito, ¿desea irse a probar un mercader más rico?

-No particularmente -dijo el extraño-. Aunque lo haré si no estás interesado, oh, vecino de los arenques ahumados. Esta es, por supuesto, una alfombra mágica.

Abdullah había oído eso antes. Hizo una reverencia con sus manos cruzadas.
-Muchas y variadas son las virtudes que se dice que residen en las alfombras. ¿Qué dice el poeta de las arenas de esta? ¿Da la bienvenida a un hombre en su tienda? ¿Trae la paz al fuego de su dueño? O tal vez -dijo, toqueteando despectivamente el borde deshilachado con el dedo del pie-, ¿se dice que no se desgastará nunca?

-Vuela. Vuela donde quiera que el dueño le ordena, oh, mente pequeña entre las pequeñas.

Abdullah observó la sombría cara del hombre que el desierto había marcado con profundas líneas en cada mejilla. Una sonrisa sarcástica profundizó las mismas. Abdullah descubrió que esa persona le disgustaba al menos tanto como le disgustaba el hijo del tío de la primera esposa de su padre.
-Debes convencer a este incrédulo. Si la alfombra puede ponerse en marcha, oh, monarca de la mendicidad, entonces puede que se pueda realizar algún trato.

-Con gusto -dijo el alto hombre, y entró en la alfombra.

En ese momento uno de los problemas usuales ocurrió en el puesto de comida frita de al lado. Probablemente algún chico de la calle había intentado robar algo de calamar. En cualquier caso, el perro de Jamal empezó a ladrar; varias personas, Jamal incluido, empezaron a gritar, y ambos sonidos fueron ahogados por el chocar de las sartenes y el silbido de la grasa caliente.

Hacer trampas era un modo de vida en Zanzib. Abdullah no permitió que su atención se distrajera un solo instante, manteniéndola en el extraño y su alfombra. Era bastante posible que el hombre hubiera sobornado a Jamal para causar una distracción. Había mencionado a Jamal bastante, como si este ocupara su mente. Abdullah mantuvo la vista fija en la alta figura del hombre, y lo hizo particularmente en sus sucios pies plantados sobre la alfombra. Pero permitió que el rabillo de uno de sus ojos se fijara en la cara del hombre, y vio que sus labios se movían.

Sus atentos oídos incluso captaron las palabras desde dos pies de altura a pesar del barullo de al lado. Y se fijó aún más cuando la alfombra se levantó suavemente del suelo y floró cerca del nivel de las rodillas de Abdullah, de manera que el harapiento turbante del extraño prácticamente frotaba el techo de la tienda. Abdullah buscó varas debajo de la alfombra. Buscó cables que hubieran podido engancharse silenciosamente al techo. Cogió la lámpara y la pasó por debajo de manera que su luz se pasase por debajo y por encima de la alfombra.

El extraño se mantuvo con sus brazos cruzados y la sonrisa sarcástica cruzando su cara mientras Abdullah llevaba a cabo esas pruebas.
-¿Lo ves? ¿Se ha convencido el más desesperado de los dudosos? ¿Me sostengo en el aire, o no lo hago?
Tuvo que gritar. El ruido era aún ensordecedor en la puerta de al lado.

Abdullah se vio forzado a admitir que la alfombra parecía mantenerse en el aire sin ningún tipo de soporte que él fuera capaz de encontrar.
-Muy bien -gritó en respuesta-. La siguiente parte de la demostración es que desmontes y me dejes pilotar la alfombra.

El hombre se encogió de hombres.
-¿Por qué iba a hacer eso? ¿Qué más van a añadir a la evidencia ante tus ojos el resto de tus sentidos, oh, dragón de la duda?

-Puede ser una alfombra de un solo hombre -vociferó Abdullah-, como algunos perros.
El perro de Jamal seguía desgañitándose fuera, así que era natural pensar en él. Ese perro mordía a cualquiera que le tocase, a excepción de Jamal.

El extraño suspiró.
-Abajo -dijo, y la alfombra se hundió gentilmente hasta el suelo. El extraño salió de la alfombra e hizo una reverencia a Abdullah-. Toda vuestra, oh Sheikh de la astucia.

Con considerable emoción, Abdullah se subió en la alfombra.
-Sube dos pies -le dijo, o mejor dicho, gritó. Sonaba como si los agentes de la Guardia de la Ciudad hubieran llegado al puesto de Jamal ahora. Se oía el entrechocar de armas y los gritos exigiendo saber lo que había sucedido.

Y la alfombra obedeció a Abdullah. Subió dos pies con una suave velocidad que dejó el estómago de Abdullah dos pies por debajo. Se sentó aún con ella en movimiento. La alfombra era tremendamente cómoda para poder sentarse. Parecía una hamaca ceñida.
-Este lamentablemente lento intelecto se está convenciendo -confesó al extraño-. ¿Cuál era el precio entonces, oh, parangón de la generosidad? ¿Doscientas platas?

-Quinientas de ORO -dijo el extraño-. Dile a la alfombra que descienda y discutiremos ese asunto.

Abdullah le dijo a la alfombra. “Abajo, y aterriza en el suelo.”, y eso hizo, quitando de ese modo la pequeña y molesta duda en la mente de Abdullah de que el extraño había dicho algo más cuando este se había subido y que había sido ahogado por el barullo de la puerta de al lado. Se levantó de un salto, y el regateo comenzó.
-Lo máximo de lo que mi monedero puede desprenderse son ciento cincuenta de oro y eso es cuando lo sacudo y tanteo todas las costuras.

-Entonces debes conseguir otro monedero o incluso tantear bajo tu colchón -respondió el extraño-. Porque el límite de mi generosidad se encuentra en las cuatrocientas noventa y cinco de oro, y no la vendería si no me viera en la más acuciante de las necesidades.

-Puedo sacar otras cuarenta y cinco de oro de la suela de mi zapato izquierdo -replicó Abdullah-. Son las que conservo para emergencias, y lamentablemente es todo lo que tengo.

-Examina tu zapato derecho -respondió el extraño-. Cuatro cincuenta.

Y así siguieron. Una hora después el extraño se marchó de la tienda con 210 monedas de oro, dejando a Abdullah como el encantado dueño de lo que parecía ser una genuina, si bien deshilachada, alfombra mágica. Aún desconfiaba. No creía que nadie, ni siquiera un nómada del desierto con pocas necesidades, se separaría de una verdadera alfombra voladora, aunque estuviera prácticamente destrozada, por menos de 400 monedas. Era demasiado útil, mejor que un camello, ya que no necesitaba comer, y un buen camello costaba al menos 450 de oro.

Tenía que haber algún truco. Y lo había. Abdullah había oído de ello. Normalmente funcionaba con caballos o perros. Un hombre llegaba y te vendía a un confiado granjero o cazador un animal verdaderamente increíble por un precio sorprendentemente bajo, diciendo que era lo único que se interponía entre él y morirse de hambre. El encantado granjero (o cazador) ponía al caballo en un establo (o el perro en la perrera) para que pasara la noche. Por la mañana se había marchado, al estar entrenado para quitarse el bocado (o el collar) y volver a su dueño por la noche. A Abdullah le pareció que, una alfombra a la que hubieran amaestrado adecuadamente podía ser entrenada para hacer lo mismo. Así que, antes de dejar su tienda, enrolló con mucho cuidado la alfombra mágica alrededor de uno de los postes que sostenían el techo y le dio una y otra vuelta alrededor con un rollo completo de bramante, que después ató a su vez a una de las estacas de hierro de la base de la pared.

-Creo que encontrarás difícil escaparte de eso -le dijo, y salió para ver que había pasado en el puesto de comida.

El puesto estaba en silencio ahora, y limpio. Jamal estaba sentado en su barra, abrazando lastimosamente a su perro.

-¿Qué ha sucedido? -preguntó Abdullah.

-Algunos ladronzuelos derramaron todos mis calamares -dijo Jamal-. Todas las mercancías del día tiradas por el suelo, perdidas, ¡pisoteadas!

Abdullah estaba de tan buen humor por la ganga que había conseguido que le dio a Jamal dos monedas de plata para que comprase más calamares. Jamal lloró de gratitud y le abrazó. Incluso su perro no sólo no mordió a Abdullah, sino que le lamió la mano. Abdullah sonrió. La vida iba bien. Se fue silbando en busca de un buen almuerzo mientras el perro protegía su tienda.

Cuando la tarde estaba manchando el cielo de rojo tras las cúpulas y los minaretes de Zanzib, Abdullah volvió, aún silbando, con planes de vender la alfombra al mismísimo Sultán por un grandísimo precio, sin duda. Encontró la alfombra exactamente donde la había dejado. O sería mejor acercarse al Gran Visir, se pregunto mientras se lavaba, ¿y sugerir que el Visir podría querer presentárselo al Sultán como un regalo? De esa manera podía pedir incluso más dinero. Pensando cuán valiosa podía resultar la alfombra debido a eso, la historia del caballo entrenado para soltarse el bocado volvió a acosarle. Mientras se ponía su camisa de noche, Abdullah empezó a visualizar a la alfombra retorciéndose libre. Era vieja y flexible. Probablemente estaba muy bien entrenada. Sin duda podía deslizarse escapándose del bramante. Incluso si no lo hacía, supo que la idea le mantendría despierto toda la noche. .
Al final, cuidadosamente cortó el bramante y extendió la alfombra encima de la pila de sus más valiosos tapetes, que siempre utilizaba como cama. Después se puso su gorro de dormir, lo que era necesario, debido a los fríos vientos que llegaban del desierto y llenaban la tienda con corrientes de aire, extendió la manta sobre sí mismo, sopló la llama de la lámpara, y se durmió.

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